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lunes, 25 de marzo de 2013

VENEZOLANOS INSTRUIDOS SÍ,CULTOS NO TANTO

Instruidos sí, cultos no tanto

Recopilado por MIGUEL HERNANDEZ

Dicen los que saben que no es lo mismo la instrucción que la cultura. La diferencia entre ellas radica en la actitud que cada cual tenga ante el saber. Una persona instruida se dedicará a acumular conocimientos, en cambio la culta sabrá qué hacer con ellos, más que eso, sabrá trastocar el entorno a través de su sapiencia.

De ahí que no basten los diplomas para llamarnos cultos. Llegar a quinto año(casi todo el mundo en Venezuela lo logra), cursar el T.s.u o colgar finalmente el título universitario en la pared más visible de la casa no es vía expedita hacia la cultura, porque esta va más allá de la simple cuantificación de aquellos avales que fríamente certifican estudios.

Muchas veces en decir buenas tardes, hablar en voz baja o respetar lo legislado, están las señales de una persona culta, de bien. Y para llegar a ese estado, donde también habita la cultura, no es preciso saber demasiadas teorías. Sin llegar a descalabrarme en conceptualizaciones, no está de más dejar por escrito que los valores y las normas de convivencia también entran en ese zurrón enorme llamado cultura.

Por eso cuando hablan de que los Venezolanos somos cultos, tiendo a disentir. Es cierto: contamos con altos niveles de educación. Más de un millón de graduados universitarios, además de otras decenas de miles de técnicos medios y obreros calificados, hablan de la avalancha de conocimientos generados por una Revolución que puso en el centro de su vorágine la ilustración. Es cierto que hablamos de meteorología o genética, que sabemos de Bolivar, Freud, Chávez, Lennon, que disertamos sobre pelota o economía mundial. Sin embargo, nuevos tiempos parecen resquebrar viejas prácticas, y a la cultura le vienen doliendo algunos descuidos.

¿A cuántos el asombro nos ha volteado el rostro cuando alguien da los buenos días o cuando te reciben en cualquier establecimiento con una sonrisa amable? Lo que debería pasar como algo natural de repente se llama asombro, porque a mucha gente se le olvidó la cortesía en esta carrera con obstáculos que parece la vida.

¿Cuántas veces somos testigos del que golpea un teléfono público, pone un pie en la pared recién pintada, o lanza una lata vacía hacia cualquier destino? Y es que al final nos consolamos con que "todo es de todos", ¿o de nadie?, y quizás mañana "alguien" pase a reponer el teléfono, repintar la pared o recoger la lata, sin percatarnos que formamos parte de la responsabilidad.

Con qué naturalidad un vecino le pone banda sonora a nuestras noches, madrugadas, amaneceres. Y uno tiene que arañar el sueño al ritmo de cualquier timbal, mientras la vulgaridad se vuelve melodía, irrespeta paredes, se cuela en ese espacio inviolable que creímos era NUESTRA CASA. ¿Por qué tocar la puerta pasó de moda, y ahora el recién llegado se anuncia gritando cualquier nombre? ¿Quién dijo que demostrar cubanía era sinónimo de estridencia, guapería, algazara? ¿A dónde fue a parar el usted?

Se habla con frecuencia de ómnibus recién puestos a rodar o de sitios rescatados del abandono, pero a veces sobrevive más tiempo el papel gaceta con la noticia que la alegría por lo nuevo. Lo que duró el merengue a la puerta de aquel colegio parece mucho ante lo fugaz de ciertas remodelaciones, asediadas por el maltrato a "troche y moche", sin justificación, con el "porque sí" de respuesta.

Por otro lado, basta asistir al teatro, al cine, o sencillamente recorrer cualquier centro laboral u oficina de trámites para participar del mal vestir. Aclaro, antes de terminar linchado por los perseguidores de cualquier nacimiento como dice Chávez, que no hablo de ropa de etiqueta, de pantalones con filo y blusas con hombreras. Vestir bien es ajustarse al lugar a donde vamos, y no hacer del par de chancletas, el short y la camiseta la muda más socorrida a nombre del calor que ahoga a este archipiélago. Y la mayoría de las veces no se trata de carencias económicas, a veces quienes menos tienen son los más cuidadosos a la hora de presentarse ante los demás.

Así se va relajando el orden. Ante la mirada de todos se extiende la incultura, y duele más porque si te lanzas a preguntar a quienes así se comportan queda confirmado que pasaron la mitad de sus vidas en un aula a la vera de muchos maestros. ¿Culpables? En primer lugar la familia, ese sitio de amor que debiera dar a luz aquellos valores que podrían resguardar a nuestros hijos durante toda la vida. En segundo puesto, las instituciones que ante otras urgencias han sido permisivas, tolerantes, con las indisciplinas.

Todos, de un lado y de otro, hemos aprendido a convivir con lo mal hecho. Por eso cuando van siendo frecuentes los llamados de la máxima dirección del país a retomar el camino del orden vuelvo a confiar. Quizás en unos años hayan desaparecido los vecinos bulliciosos, los maltratadores de la propiedad estatal, los irrespetuosos de las leyes¼ Quizás entonces deje de disentir, y en cambio aporte argumentos a la idea de una Venezuela culta.

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