La educación es uno de los motores del progreso de las naciones, un valor agregado de tremendos efectos positivos sobre las familias.
El proceso educativo no se limita a la enseñanza en las aulas, en lo que se llama la escolaridad. Muchos padres están convencidos de que el hogar es un lugar importante en la formación de sus hijos, pero no tienen ni el tiempo suficiente ni le dedican la atención necesaria a ese lugar donde conviven con sus hijos y en donde estos son moldeados en sus caracteres y personalidades. Se ha llegado al punto de creer que un “buen colegio” es sinónimo de “buena educación” y no es así.
La escolaridad en realidad es apenas un complemento de la educación. Poner en primer lugar la asistencia a clases de los niños y jóvenes, relegando a segundo plano lo que mucho que se puede aprender en los hogares, está haciendo, entre otros efectos, que la educación sea considerada como un bien estatal en el que los órganos gubernamentales, como el ministerio del ramo, empiece a inmiscuirse en tareas que no le competen.
Esta situación se puede notar en los resultados de nuestra actual “educación”. Muchos de nuestros jóvenes no saben acerca de lo que significa la ética del trabajo, del emprendedurismo ni de la palabra empeñada, cuando que solo estos citados valores son esenciales en la formación humanista y hasta científica de cualquier persona. ¿Cómo esperar, por ejemplo, que nuestros jóvenes tengan la iniciativa propia de un genuino empresario, si lo que aprendió consiste más bien en pasar de grado o curso –a veces sin que importen los medios– pero no para aprender más y a ser mejor?
Como muchos buenos “padres a la antigua” pensaban y no estaban equivocados, la educación empieza y se hace en el hogar, transfiriendo conocimientos e inculcando valores. La mejor manera de saber que una persona fue bien educada consiste en que la misma reconoce la realidad, no la ignora, y sabe que sus actuaciones tienen consecuencias; sabe que se paga por los errores y es consciente que también recibirá un premio por el esfuerzo puesto en el logro de sus objetivos.
Una persona genuinamente educada reconoce que en la convivencia con los demás no hay necesidad de utilizar la violencia o la imposición, sino que debe apelarse a la persuasión, al diálogo, la tolerancia, intercambiando en el marco de la ley con otros, ya sean bienes, servicios y conocimientos.
Educar es un proceso constante y además, solo puede asimilarse si se fundamenta en los ejemplos, en aquello que los niños y jóvenes ven diariamente como algo practicable, necesario y provechoso. La buena educación, por ende, no empieza en las escuelas o colegios, se inicia en el seno del hogar donde los niños ven y sienten que sus padres son coherentes con todo aquello que les aconsejan, empezando por cuestiones básicas y sencillas como la puntualidad, el saludo, no tirar basura en la calle, leer un libro, dialogar en vez de insultar, etc.
No estoy diciendo que la escolaridad no cumpla un papel importante, por supuesto que los niños y jóvenes deben asistir a clases. Ocurre que en los últimos tiempos hemos caído en el extremo de creer que la asistencia a clases es un culto sagrado que reemplaza a la familia. La educación como un proceso no debe reducirse a la creencia de mandar a nuestros niños y jóvenes a las escuelas o colegios, puesto que estas instituciones son un medio y no un fin en sí mismo.
Si deseamos un país de ciudadanos responsables, emprendedores, pro activos, críticos y tolerantes hacia los demás, la educación es la mejor herramienta de la que disponemos, siendo de hecho y como se ha comprobado, un elemento diferenciador que predispone al gusto por el trabajo y el respeto hacia los demás. Pero ese propósito tiene un inicio, empieza en los hogares, allí donde los padres predican y dan ejemplos.
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