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domingo, 20 de enero de 2013

"La paz y la armonía constituyen la mayor riqueza de la familia."

Como ya comenté en el artículo precedente existen tres estilos básicos de relación interpersonal y comunicación con los que coinciden la mayoría de los especialistas: agresivo, pasivo y asertivo. ¿Qué factores contribuyen a la formación de un adecuado estilo de relación y comunicación? ¿Por qué unas personas son asertivas y otras no? ¿Qué se puede hacer para desarrollar la asertividad? Estas fueron preguntas que quedaron pendientes de respuestas en mi comentario anterior, esta vez pretendo exponer algunas ideas para despejar la primera interrogante.

"La paz y la armonía constituyen la mayor riqueza de la familia." 
(Benjamín Franklin)

La asertividad es una habilidad social, y todas las habilidades sociales se van incorporando desde las primeras etapas de nuestra existencia. El ser humano vive y se desarrolla en un proceso de aprendizaje, el aprendizaje comienza inmediatamente después del nacimiento. La familia es la unidad social donde el niño tiene sus primeras experiencias, los primeros intercambios de conductas sociales y afectivas, valores y creencias, que tienen una influencia muy decisiva en el comportamiento futuro. Los padres son los primeros modelos significativos, ellos trasmiten normas y valores respecto a la conducta social, ya sea a través de información, refuerzo, castigo o sanciones, comportamiento y modelaje de conductas interpersonales.

La familia, además de cuidar y estimular el desarrollo del niño, debe encausar su educación. En ella se vive una profunda influencia de socialización: la comunicación y amor conyugal, el respeto entre sus miembros, la solidaridad, la crianza, educación y atención a sus descendientes. Además del cuidado del cuerpo, se deben cuidar las vivencias e interiorización de valores morales, culturales, patrióticos, religiosos y la relación con otros familiares y amistades. El ejemplo, lo que ven hacer los niños a los padres y otros adultos de su familia, les sirve de modelo, para bien… o para mal.

Una familia coherente y funcional promueve tolerancia, comprensión, pluralismo, adaptación, diálogo y sobre todo amor (creo que todo eso es parte del amor). De esta forma genera una vida responsable y adecuada para la orientación futura de los hijos. Lamentablemente no siempre sucede así: la familia puede no estar integrada y por diversas causas surgen dificultades que pueden llegar a ser muy dolorosas entre sus miembros, tensiones generacionales, antagonismos por separaciones, abandono, experiencias traumáticas de incomunicación, ruptura, desinterés y violencia.

He visto padres que ofenden y maltratan a sus hijos, los apabullan, no le dan participación como un miembro a tener en cuenta en la familia, los ridiculizan, les exigen por encima de sus potencialidades reales, “cortan” la posibilidad de que los niños y adolescentes expresen sus ideas, los desacreditan y critican en presencia de sus iguales. Eso es agresivo, violento y despiadado. ¿Podrá un niño, o niña, criado en ese ambiente desarrollar habilidades sociales y ser asertivo? Es muy difícil, en ese ambiente los niños y adolescentes, por lo general, van hacia uno de los dos polos inadecuados: la pasividad o la agresividad. Y, por supuesto, crecerán con una baja autoestima.

Niños recibiendo clases en escuela holguinera. Foto: Amauris Betancourt
"Uno recuerda con aprecio a sus maestros brillantes, pero con gratitud a aquellos que tocaron nuestros sentimientos." 
(Carl Gustav Jung, psiquiatra suizo)

La escuela es el segundo agente de socialización donde el niño va a aprender y desarrollar conductas de relación interpersonal e incorporar normas y reglas en la interacción con sus iguales. Su inserción al sistema escolar lo lleva a desarrollar habilidades sociales más complejas, pues debe adaptarse a nuevas exigencias que demandan de nuevos comportamientos al ampliar las posibilidades de relación con adultos y con niños de su edad, mayores y menores que él. Este es un período crítico respecto a la habilidad social, ya que las mayores exigencias pueden poner en evidencia dificultades que antes no se habían manifestado.

La escuela debe potenciar y enseñar las habilidades de relación. A esta enseñanza hay que darle la misma importancia que la que se le da a la enseñanza de otras materias, de un modo directo, intencional y sistemático. 

Aquí juegan un papel trascendental los maestros con la comunicación educativa, una forma de comunicación peculiar íntimamente implicada en el proceso de la enseñanza. El educando recibe el perfeccionamiento de que carecía por la doble vía del desarrollo natural y la educación; así se completa la obra de la naturaleza en el crecimiento y la evolución para "tallar la estatua moral del hombre".

El educador verdadero debe facilitar la comunicación auténtica, contribuyendo a la socialización y la realización de sus alumnos. Se trata de comunicar experiencias y vivencias, a través de las cuales el educando dirige su propio autoeducarse. En esta dinámica el maestro debe promover y crear recursos didácticos cognoscitivos y valorativos centrados en los alumnos, despertando aptitudes y actitudes de relación y comunicación positivas.

Los estudiantes, al igual que los maestros, quieren que se les entienda, que se les tenga en cuenta, y que se les escuche. Son objetivos básicos para cada ser humano. Pero… ¿Escuchan realmente los maestros a sus alumnos?, ¿Saben de sus problemas, necesidades y deseos? 

Escuchar es un proceso en doble dirección y el maestro debe analizar sus modelos de escucha y comunicación en el aula. Escuchar sin juzgar es una actitud comprensiva, aunque no implique estar de acuerdo con los alumnos. Maestros y alumnos han de comunicarse con autenticidad para que la relación sea significativa y completa. 

Entre los momentos más memorables de nuestras vidas están aquellos en los que alguien se ha tomado su tiempo para escuchamos; si los maestros se interesan por sus alumnos, les escuchan, les entienden y les demuestran estar implicados en sus problemas, lograrán que se sientan bien con ellos mismos. 

Pero si observamos las realidades del mundo escolar, los maestros descuidan estos aspectos, tal vez porque ellos mismos tienen dificultades en sus estilos de relación y comunicación. Hay que cambiar eso. Con voluntad política, gubernamental y el desarrollo de programas diseñados especialmente para los educadores de cualquier nivel de enseñanza.

Debe haber una colaboración entre la familia y la escuela, pues, como ha quedado claro, ambas son instituciones poderosas donde el niño va a aprender a interactuar. Los padres y profesores, como responsables de constituir modelos positivos, son los factores de transmisión de buenas interacciones sociales indispensables para el desarrollo armonioso de la personalidad. La familia y la escuela son los agentes determinantes del proceso de aprendizaje; aunque no quedan excluidas otras instituciones y organizaciones sociales.

Cuando les ofrecemos a nuestros hijos y alumnos experiencias variadas que les posibiliten relacionarse en distintas situaciones sociales, estamos favoreciendo conductas más adecuadas y un mejor ajuste personal y social, tanto en la infancia como en la edad adulta, ya que se fomenta el estilo asertivo de relación y comunicación. Debemos proporcionarles siempre ocasiones facilitadoras de habilidades sociales para que aprendan a convivir con los demás armónicamente, como verdaderos seres humanos.

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